Sin más que decir (Entrega I)

Hallo!

Esta es la primera parte del cuento que les había comentado una entrada atrás. Tengo poco antes de finales de semestre escribiéndolo y creo ahí va agarrando forma, espero les guste.


Llovía fuertemente, todo el día había estado nublado y las gotas de agua aparecían intermitentemente, caían en intensidad variable; se suicidaban arrojándose a los edificios, al suelo, a los cristales de los autos. Salí del trabajo, fui a casa y me encerré a tomar té en un sillón mirando la lluvia por la ventana acompañada por mis discos de Einstürzende Neubauten. Estaba sola, como se había vuelto rutinario los últimos meses donde César debía salir de la ciudad por unos días, regresaba y se volvía a retirar; odio eso de su trabajo, me hace extrañarlo mucho a tal punto que si duraba semanas fuera terminaba sumamente molesta con él, aunque terminábamos olvidando mis berrinches sirviéndole tarta de fresa seguida por una sesión increíble de sexo.

Hoy en especial me encontraba irritable, él me llamó en la mañana diciendo que tal vez no regresaría sino hasta dentro de unos tres o cuatro días más, debido a un cambio imprevisto de roles en la clínica. Me podía su ausencia y el postre que con mucho cariño había preparado antes de mi guardia; esta vez lo iba a sorprender con otra receta, un strudel de manzana. Estaba un poco molesta, terminé entregando guardia de mal humor y llegué remojada a casa; hacía un poco de frío, me cambié a una ropa más abrigadora, preparé té y me dispuse a escuchar avantgrade viendo la lluvia. César me hacía falta especialmente hoy, el día se antojaba para sentarnos en el sillón de la sala y sentir sus labios recorrer mi cuello, sus manos acariciar mis pechos, escuchar su respiración sobre mi cuerpo, todo eso al ritmo de la lluvia y sentir sus ligeras mordidas en la oreja con cada trueno del cielo. Él es un hombre algo reacio y a veces indiferente, pero sabe tratarme como reina; sabe donde tocar, donde besarme, que música poner si estoy triste, que bocadillo llevarme si tengo algún antojo, cómo prepararme el café; en fin, todo aquello que me vuelve loca y me gusta.

Tenemos alrededor de medio año viviendo juntos, él se mudó a mi ciudad al año de conocernos para estar la mayor parte del tiempo conmigo; del otro modo, al vivir en estados distintos, era casi imposible vernos. Nos conocimos en un ciclo de conferencias al que asistí, esa tarde derramó su bebida en mi vestido al tropezar con una orilla suelta de la alfombra del auditorio; me ofreció ir a su casa a lavar mi ropa como disculpa por lo sucedido, platicamos mucho al esperar que estuviera limpio y seco el vestido, intercambiamos teléfonos y regresé al hotel donde me hospedaba. Tras ese incidente pasábamos horas charlando por teléfono, nos hicimos novios, nos visitamos un par de veces hasta que se mudó aquí y pidió mi mano para casarnos.

Soy muy feliz con él, pero no puedo evitar sentirme invariablemente sola. Las noches que César no está desahogo mi pasión viendo alguna película pornográfica y masturbándome en la tina de baño con burbujas; de igual modo cuando llega de trabajar cansado y lo único que desea es dormir. Estoy consciente que no solo es el sexo, pero fuera de ese aspecto me hace sentir abandonada, especialmente porque hay días en los que ni siquiera me da un beso inocente. Ha estado muy raro conmigo de unas semanas para acá y me preocupa. Ambos trabajamos mucho; él es enfermero, hace un par de meses le ofrecieron trabajar en una ciudad a cinco horas de aquí por recomendación del jefe de enfermería; yo soy neurocirujana, tengo alrededor de un año de haber regresado de la especialidad trabajando en un hospital importante local; ahora es posible entender por que casi no nos vemos.

Tenía poco de haberme sentado con mi taza de té a ver la lluvia cuando llamaron al portón de mi casa, en mi reproductor de música sonaba una melodía melancólica, Ich Warte para ser precisa. Estaba algo asombrada ¿Qué clase de loco sale con semejante lluvia a la calle? Más asombrada quedé al salir y ver de quién se trataba; era Antonio, uno de mis grandes amigos durante la universidad a quien hacía mucho tiempo que no veía. Inevitablemente me reí al verlo empapado, me quedé un momento absorta sin darme cuenta que, de igual forma, también me estaba mojando. Quería mucho a ese tipo y de igual forma sabía que él a mi, fuimos amigos inseparables hasta que cada quien se fue a hacer la especialidad.
-¡No jodas! -Le dije. -¡Estás igual que la última vez que nos vimos!
-¿Igual cómo? -Me respondió con una pregunta y una sonrisa como siempre lo hacía.
-Igual que siempre, no has cambiado en absoluto. Hasta sigues hablando igual.
-¿Cómo puedes saberlo? Hemos cruzado apenas un par de palabras desde que saliste a abrirme… ¡Y ni siquiera has podido abrir el portón y seguimos afuera!
-Pendeja… -Me insulté a mi misma y abrí el portón. -Es que estoy tan emocionada después de verte tras tanto tiempo. Pasa, antes de que nos mojemos más y nos enfermemos. Te prestaré algo para ponerte mientras pongo tu ropa en la secadora.

Entramos a la casa. Saqué un par de toallas del armario, una bata mía del hospital y se las presté a Antonio; no podía prestarle ropa de César porque él era mucho más delgado que Antonio y yo. Me cambié a algo seco y puse la ropa mojada en la secadora, posteriormente le ofrecí un poco del té que había preparado antes y estaba bebiendo, además de un trozo de strudel.
-Por lo visto sigues siendo adicta al té y a hacer postres. -Reí y me senté a un lado de él en el comedor.
-Un poco, tal vez…
-Y sigues tan bonita como la última vez que te vi. -Me sonrojé. -¿Hace ya cuánto? ¿Ocho años?
-Sí. La última vez fue en la fiesta de despedida del grupo cuando regresamos del Servicio Social; tomaste tanto que acabaste bailando en ropa interior sobre el sillón de la casa de Ana, luego te fuiste a la orilla de la piscina a bailar y Manuel te arrojó al agua, donde acabaste vomitando. -Le dije riéndome. Él estaba muy apenado.
-Parece que nunca podrás perdonarme eso…
-Porque fue tan gracioso que es imposible olvidarlo. -Seguí riendo. -Me gusta recordar siempre que sea posible a las personas con una sonrisa.
-Eso es bueno. Aunque es una lástima habernos distanciado tanto tiempo.
-Lo se ¿Y cómo fue que diste conmigo? Ha sido un poco sorpresivo.
-Vi a Ana hace unas semanas y le pregunté por ti. Dijo haberte visto en el hospital y que estás comprometida, pero no sabía más al respecto; todo fue cosa de ponerme a investigar entre tus compañeros. Quería sorprenderte, espero no haberte molestado. ¿Y aquí estás viviendo con tu novio?
-No te preocupes, al contrario, me ha dado mucho gusto verte y volver a platicar como en los viejos tiempos. -Sonreí. -Sí, hace poco que estoy viviendo con mi novio, casi desde que me pidió matrimonio; es enfermero, pero estamos muy poco tiempo juntos, trabaja fuera de la ciudad.
-¿Y lo extrañas mucho?
-Un poco, aunque me he acostumbrado a estar más tiempo sola. Tal vez él también se ha acostumbrado a ello, cuando regresa conmigo casi ni me toca; me lastima un poco sentirme sola, pero no puedo hacer mucho al respecto.
-No seas tan dura, si ambos se quieren sabrán como pasar esto. Si no, probablemente no era la persona indicada. -Respondió con un mohín de tristeza.
-¿Tú tienes pareja?
-Tenía. Hace casi un año que ella me dejó; discutimos, se enojó mucho y ya no puede ni verme.
-¿Aún piensas en ella?
-A veces. Intento no hacerlo, pero la verdad es que terminé muy lastimado tras haber terminado con ella.

Me acerqué y le di un abrazo muy fuerte, nos quedamos así un par de minutos. De pronto él comenzó a aspirar el aroma de mi cabello y sentí un escalofrío, una extraña combinación entre sorpresa y deseo. Antonio siempre había sido alguien por quien sentía un cariño muy especial, hasta cierto punto platónico, pero por temor a arruinar mi amistad con él ignoré por completo lo que realmente me hacía sentir. Nos separamos, nos quedamos en silencio observándonos; estaba confundida y a la vez mi corazón se sobresaltaba, entonces ocurrió lo inevitable, nos besamos. Primero un inocente besito, luego otro, el tercero fue más intenso, el siguiente largo involucrando un jugueteo de lenguas.

Estaba confundida, sabía que no estaba haciendo lo correcto, pero cada beso de Antonio erizaba hasta el más diminuto de mis cabellos y me hacía sentir algo que hacía mucho tiempo no sentía, algo que el siquiera estar al lado de César tampoco me provocaba. Tampoco estaba segura si era la soledad de ambos o mis sentimientos por Antonio habían revivido. Cuando empezó a acariciarme sentí más cómo estremecía, como cada célula nerviosa de mi cuerpo se excitaba y me provocaba cientos de emociones ya conocidas por mi, pero tremendamente distantes. Repentinamente el sonido de parada de la secadora me sacó de ahí y me aparté a prisa para regresarle a Antonio su ropa lista; cuando me levanté de la silla me alcanzó, me tomó de la mano y me volteó.
-Discúlpame, no debí hacerlo. Estuvo mal, de verdad perdóname. -Me quedé observándole en silencio; tenía razón, pero había encendido en mi un interruptor que difícilmente podría apagar pronto, el interruptor de la lujuria. -Eres mi amiga y estás a poco de casarte; discúlpame, no me odies…

La expresión de mi rostro no cambió, di media vuelta para recoger la ropa seca y entregársela. Regresé al comedor y Antonio seguía ahí, exactamente en el mismo sitio con una ligera mueca de arrepentimiento.
-Perdóname Lucy, yo no… -No lo dejé terminar, puse su ropa en la mesa y me abalancé a besarlo nuevamente. Sie laechelt en el reproductor de música solamente me incitaba a seguir, a llevar sus manos a mi cadera. Me apartó levemente, su cara lo decía todo, me preguntaba "¿Pero qué crees que estás haciendo?" sobre todo en el momento en que, sin quitarle los ojos de encima, me quité furiosamente el anillo de compromiso poniéndolo en la mesa.
-No puedo estar con un hombre que no me ame ni me haga vibrar cuando me besa. No se exactamente qué siento por ti, pero al menos se lo que no siento por él.

Se quedó serio observándome, tomó su ropa y entró al sanitario a cambiarse. Saliendo me dirigió una sonrisa, me besó la frente y me abrazó.
-Muchas cosas han cambiado desde la última vez que nos vimos y esto precisamente es algo que los dos debemos pensar muy bien, si así lo quieres. Aún así, cuando quieras hablar o lo que necesites, te dejo mi teléfono.
-No te entiendo ¿Qué quieres decir? -Pregunté mientras tomaba la tarjeta con sus datos que me había entregado y se iba retirando hacia la puerta.
-Lo decía por si llegabas a ofenderte al darte cuenta que no he probado tu postre. Hace dos años que soy diabético. Nos vemos, Lucy.

Salió, cerró la puerta y se fue.

Auf wiedersehen!

1 comentario:

  1. Que intensa xD hahaha quien te viera lucerita. Se te da muy bien la escritura déjame decirte

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